Freitag, 9. November 2012

Sobre la Endocracia



Días atrás, en una reunión de amigos,  me encontraba  conversando sobre temas políticos. En ese marco se me ocurrió la palabra “endocracia”. Y menos por mis dudas respecto de mi originalidad que por verificar su utilización en Cs.Políticas, lo busqué en el Google, y por cierto aparece este término, pero ligado a la gestión comunitaria desde una fundación. Y yo quiero referirme a otra cosa.
Aprovechando la moda de llevar nuestro “rudo lenguaje” -al decir de Lacan-  de la clínica psicoanalítica al campo de la política, podríamos comparar las formas políticas, e.d. los modos en los que se asume un gobierno, con la clasificación freudiana de las pulsiones según sus fuentes de origen:
por los votos de los ciudadanos, por minorías, por la religión, por la fuerza de las armas, etc.
Pero establecida la fuente, podemos servirnos de otro clásico freudiano: el narcisismo, hoy subsumido (quizás precipitademente) en el campo de lo Imaginario.
Concepto teórico, el de narcisismo, que permitió al psicoanálisis explicar –entre otros fenómenos- el delirio de grandeza y la falta de interés por el mundo exterior que se manifiesta en algunas psicosis. Sucede en menor escala en las neurosis y hasta en la vida cotidiana durante el sueño. En todo caso se trata de la retracción de la energía libidinal al yo. Y permite también comprender formas del amor, pues en el amor narcisista se ama lo que uno es, lo que uno fue, lo que quisiera ser, personas que han sido parte de uno mismo. Y entra aquí en juego otro poderoso concepto: la identificación que articula el amor narcisista. Perfección de la propia imagen a la que se ama  representada por el Ideal. Y Freud  extiende incluso dicho fenómeno del ideal más allá de lo individual, llevándolo  al ideal de una familia, una clase o una nación.
De dónde me parece útil hablar de endocracias y de exocracias.
Aquellos gobiernos en los que la fortaleza del Ideal determina una gran demanda de libido narcisista quedarán empobrecidos de energía como para interesarse en favorecer intercambios con otros estados.
Por el contrario, otros gobiernos requieren extender su libido hacia otros países.
Hay incluso naciones-estado que solo han podido sostenerse en función de su exocracia, los griegos de Alejandro Magno, los romanos de la Via Apia, o quizás actualmente los EE.UU. sin cuya política exterior de “guardianes de la democracia” perderían una de las más distintivas cualidades de su ser.
Continuando este breve ejercicio pero en el plano de la economía, podemos comparar la economía de cualquier gobierno con la de una persona, hay entonces varios caminos para mantener el hogar: vender algo, pedir prestado o hacer un pagaré.
En la macro-economía  es lo que se llaman: exportaciones, créditos externos, imprimir dinero. (De hecho hay un cuarto camino, la delincuencia, de la cual nos ocuparemos en otro ensayo.). Tampoco entraremos aquí en el tema de los impuestos, que es una herramienta recaudatoria exclusiva del estado.

Los gobiernos narcisistas, van perdiendo la capacidad de vender en los mercados externos. Con la mirada siempre “vuelta para adentro” no les interesa la detección de clientes en el exterior. La pérdida de exportaciones lleva invariablemente a la necesidad de buscar alternativas a la financiación del estado. Entonces quedan las variantes de pedir prestado o imprimir dinero. Muchos países carentes de una infraestructura productiva ensayan alternativamente ambos caminos.
Pero cuando caen en default tampoco puede elegir pedir prestado, se quedan sin “tarjeta de crédito”. Sólo queda imprimir dinero.
El billete, al igual que un pagaré, es una promesa de pago. Y mientras mas promesas hay en la calle, mas desconfianza despierta en los vendedores de que esa promesa se cumpla. Para cubrirse, elevan los precios, lo que se llama inflación. Este camino es incluso justificado teóricamente por algunos economistas como Paul Krugman en lo que llama la “inflación inclusiva” una forma de asegurarse al mismo tiempo votantes (por la creación de empleo estatal) y  controlar la inestabilidad social. Pero un sistema no puede sostenerse así por la eternidad. Sino sería todo tan sencillo… cada uno podría tener una maquinita de hacer billetes en casa y ahorrarse el desgaste  de ir a trabajar. Es una homeostasis imposible.
Para reactivar la generación de divisas “de verdad”, Argentina debe recuperar una capacidad industrial desmantelada desde los años setenta. Y fabricar cosas con calidad, competitividad y sustentabilidad.  De esta manera, la búsqueda de mercados nos llevará a dejar la somnífera posición de la endocracia.
En la endocracia se produce el efecto magníficamente relatado por Arthur Miller en La muerte de un viajante. El vendedor empieza a vender sus fantasias antes que cosas concretas. Esta actitud ahuyenta a los compradors que van dejándolo solo al vendedor quien a su vez se aisla más en sus ficciones refugiándose de las “injusticias y maldades del mundo”. Por el contrario, con una infraestructura industrial sólida, se puede recuperar la confianza del vendedor cuando sabe que vende algo bueno en lugar de apenas poder mirar a los ojos al cliente porque sabe que está vendiendo algo “trucho”.
No hay ninguna razón por la que la Argentina no pueda estar en los primeros puestos de la industria automotríz, aero-espacial, química, informática, telecomunicaciones, etc.
Nuestros vecinos Brasil y Chile recorren caminos de producción sustentable. Y crecen “hacia afuera”, exocráticamente. La Argentina no debería demorarse en dejar de lado ciertos ideales teóricos y ponerse a fabricar para el mundo.





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